PUNTOS EN COMÚN

MÉXICO, DF, 6 de mayo (apro).- Distinguidos lectores: en mi anterior carta a este buzón, servidor de ustedes les comunicó que, según mi entender, fundamentado en dos milenios corridos de experiencias en hechos, estaba autorizado a decirles que había puntos en común entre el llamado Congreso de Viena y la globalidad en la que respiramos en nuestros días.
En la presente sigo señalando e incluso matizando detalles sobre el mismo tema, ya que mientras rememoro mis vivencias, voy viendo otros puntos en común entre esos dos momentos tan importantes, por determinantes, en nuestra historia. Veamos algunos. El Congreso de Viena va a cumplir 200 años, ya que funcionó del 15 de septiembre de 1814 al 15 de junio de 1815, espacio de tiempo, cuyo aniversario lo tenemos a la vuelta de la esquina del mismo, estalló, en 1914, la denominada Primera Guerra Mundial, que tuvo como consecuencia la primera entrega de la dirección del planeta a los USA; por la misma fecha un nostálgico romántico del pasado, Marcel Proust, dio inicio a una serie de novelas que se hicieron célebres con el nombre general de A la busca del tiempo perdido y DW Griffith, hombre del que se ha dicho y así es, el inventor del seductor lenguaje de la primera fase de las imágenes en movimiento, el cine, el primero que lo usó con fines estéticos, en fin, el padre del mismo, un hombre que a golpes de genial intuición sacó de la cabeza un nuevo arte tan influyente en nuestras vidas, estrena a inicios de 1915 su obra magna: El nacimiento de una nación, filme, por decir lo menos, es simpatizante del bando perdedor en la llamada Guerra de Secesión de los USA, al hacer en el mismo una apología del Ku-Klux-Klan, siniestra organización secreta sureña, creada para sembrar el pánico entre los negros, para asesinarlos llegado el caso, y así facilitar en los mismos un resignado sometimiento, es decir, que hizo la apología de lo más conservador y hasta retrógrado de la ideología de los USA.


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PUNTOS EN COMÚN

MÉXICO, DF, 29 abril (apro).- Desorientados vivientes (¿por no saber cuántas son cinco, por haberlo olvidado”): a sabiendas que me voy a meter en un laberinto, en el que me voy a dar de frentazos con incomprensiones e incluso con rechazos, les escribo la presente, pues considero que mis experiencias de mi larga vida en la tierra me autorizan a ello.
No ignoro que no faltan, mientras otros aseguran lo contrario, los que afirman que la historia no tiene sentido, que la misma no ofrece enseñanza alguna al individuo ni a los pueblos. Tampoco ignoro que se ha dicho y se sigue diciendo que toda comparación es odiosa, puede que así sea, lo admito pero por lo que he visto y sufrido, me es dado confirmar que las comparaciones son necesarias, útiles para el individuo y los pueblos, ¿pues de qué manera se puede saber lo que más conviene en pensamientos, palabras y obras; si se va por buena senda o por mala, si progresamos o retrocedemos en nuestras vidas” Considero que la contestación a esas interrogantes confirman de manera suficiente que las comparaciones son al mismo tiempo odiosas como dicen, pero igualmente necesarias y útiles en la vida. ¿Qué me responden”


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