MÉXICO, D.F., 22 julio (apro).- Confundidos y confundidores humanos: en verdad que me reiría, si no fuera por lo que me perjudica, el que en esos sus tiempos de Julian Assange y Edward Snowden estén algunos tan furiosos, otros más indecisos y hechos bola, cuando de ustedes mismos es la culpa, de unos por ignorancia, por falta de ánimo de otros y de otros más, que son los menos con poder de decisión, por conveniencia a sus intereses, esté servidora de ustedes tratada como prostituta, deshonrada, perseguida y hasta secuestrada. Y remarco eso es así por causa de la ignorancia, y cobardía de los más y conveniencias de una minoría de poderosos.
El que me prostituya, no es que lo sea por instinto, sino más bien se debe a la naturaleza de ustedes, los humanos. Lo mío es darles conocimientos, o lo que es lo mismo, más poder, díganlo si no es así los saberes que han ido obteniendo a través de los siglos, ese conglomerado en aumento que designan con el nombre genérico de ciencias naturales, o sea, los que se ocupan, los que estudian el reino animal, vegetal y mineral; conocimientos adquiridos en esa ramas del saber que les ha servido y sirve cada vez más para conseguir aumentar o extender su instintivo afán de escapar de los límites de dependencia que les imponía la naturaleza en los primeros siglos de su aparición en la Tierra, de cambiar esa situación, pasar de esclavos de la naturaleza, como todos los otros animales, a hacerla esclava de sus necesidades e incluso de sus deseos y hasta de sus ensueños de grandeza, insisto; díganlo si no muestra y demuestra lo que acaban de leer los nombres de Copérnico, con su descubrimiento del giro de los planetas sobre su propio eje y del giro de los mismos alrededor del Sol, incluyendo a la Tierra; el de Galileo, uno de los fundadores del método experimental, descubridor de las leyes de la caída de los cuerpos, enunciador del principio de la inercia y gran astrónomo, que por defender el sistema cósmico, Copérnico le valió la inquina, acoso, juicio y condena de la Santa Iglesia Católica; el del médico inglés W. Harvey, descubridor de la circulación de la sangre, el de E. Jenner, colega y compatriota del anterior, descubridor a su vez de la vacuna contra la viruela; el de Darwin y su teoría de la evolución de las especies; el del químico y biólogo Pasteur, creador de la microbiología, cuyos descubrimientos iniciaron la era de las vacunas que renovaron la medicina y al que se debe en especial el tratamiento contra la rabia. Ustedes estimados lectores de la presente, dirán si tengo o no razón al afirmar que las Ciencias de la naturaleza les han dado algunas certezas determinante a sus vidas simplemente haciendo evidentes a servidora.
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